miércoles, 23 de febrero de 2011

Y próximamente… ¡¿Dios…?!

Un pequeño cuento en tres entregas, donde:
Rey Halcón, ve recompensados sus esfuerzos y suplicas, cuando Dios le permite conocer en un sueño:
El Origen,
                La Creación,
                               Y el,
Destino final de universo.
Para escribir este  pequeño cuento, que próximamente daré a conocer y será publicado en tres entregas.
Me he apoyado.
Para escribir el Origen y el destino final, en Stephen Hawking.
Para la Creación, me he ayudado con: Moisés, Oparin, y Darwin.
Así que cómo quien dice, el Origen es por: Hawking y yo
La Creación por: Moisés, Oparin, Darwin, y yo
Y el Destino final por: Hawking y yo.
Sí con la ayuda de todos esos genios, no logro que les guste, tendré que reconocer que cómo escritor soy muy malo.
Mientras lo termino. Les dejo un capitulo  de Anadrio.  Nombre de mi primera novela. Sí les gusta, pueden encontrarla en el buscador de Google.

MESA DEL PADRE FRANCISCO
Antes que nada dijo Cedar, el ministro que encabezaba la mesa permítame darle nuevamente la bienvenida a Anadrio. Le aseguro que todos estamos muy contentos con su visita pues, por fin, podemos constatar la existencia de vida inteligente en otros planetas. Dígame, ¿cómo lograron en esa nave suya dejar su sistema solar para llegar al nuestro?
     Esto ha sido algo totalmente fortuito. De hecho, no tenemos la menor idea de cómo llegamos aquí. En la tierra lo llamaríamos un… por lo que veo aquí no usan esa palabra, pero allá lo llamaríamos milagro.
     Milagro, ¿y eso qué es? –pregunto Cedar.
     Un milagro para nosotros es algo que simplemente es imposible pero que sucede porque Dios así lo quiere.
     ¿Podría aclararlo un poco más? –pidió uno de los comensales.
     Verán dijo el padre Francisco–: nosotros salimos de la Tierra en un viaje que debía llegar hasta uno de los planetas de nuestro sistema solar al que llamamos Júpiter. La meta se había cumplido y comenzábamos el regreso cuando, de pronto… El padre Francisco hizo el relato pormenorizado de lo que les había pasado a bordo del Júpiter I–. Como verán, nosotros deberíamos de estar muertos pero por un verdadero milagro estamos aquí; y vivos.
     Ya veo. Ustedes llaman milagro a un suceso increíble.                   
     O tal vez sólo inexplicable por el momento –dijo Cedar.
     Y, ¿por qué le llaman “Padre Francisco”? Usted no parece ser el padre de ninguno de ellos.
     Eso se debe  a que soy un  sacerdote católico.
     Y un sacerdote católico es padre de muchos hijos, ¿verdad? terció uno de los comensales.
     No. De hecho los sacerdotes no podemos tener hijos. Nos llaman padres en un sentido figurado ya que somos sus guías espirituales.
     A ver si entendí: los sacerdotes  ayudan a los demás a desarrollar su espíritu, a ser más audaces, más imaginativos, más vivaces. Todo eso está muy bien pero, ¿por qué para hacerlo tienen que ser estériles? No veo qué tiene que ver una cosa con la otra –dijo uno de los jóvenes que se encontraban sentados a la mesa.
     No me han entendido. No es que los sacerdotes seamos estériles; lo que pasa es que hacemos un voto de castidad con el cual nos obligamos a no tener relaciones con ninguna mujer –explicó el padre Francisco.
     ¿O sea que sólo tienen relaciones con hombres?          –preguntó otro de los comensales.
     No, tampoco. Tenemos la obligación de mantenernos castos siempre.
     Quiere decir: ¿nada de nada, con nadie? preguntó otro de los jóvenes que estaba a la mesa.
     Así es –respondió el padre Francisco.
     Pero, ¿por qué? ¿Por qué privarse de uno de los mejores placeres de la vida? –insitió el joven.
     Quizás, precisamente, por eso: porque al privarnos de los placeres de la vida podemos prepararnos mejor para la vida eterna.
     ¿Cuántos años tiene, Padre Francisco? –preguntó un joven que parecía de treinta y cinco años.
     –Treinta y siete años. Más o menos los mismos que usted, me imagino dijo el padre.
     Pues se imagina mal. Yo tengo sesenta años y si usted, a su edad, ya tiene la apariencia de sesenta años, en nuestro planeta ¿cómo será su apariencia dentro de cien, doscientos, o mil años? Si le pregunté su edad es porque  imaginé que al decir que viven eternamente ya tendría, usted, al menos varios cientos de años –explicó el joven.
     Creo que no he sabido explicarme. No vivimos eternamente. Creemos que al morir no simplemente desaparecemos sino que pasamos a una vida diferente; una vida que sí será eterna.
     ¿Creen que después de muertos reviven?
     No revivimos. Pasamos a un plano superior, en el cual, si hemos tenido una conducta correcta en la tierra, podremos vivir eternamente gozando de la presencia de Dios.
¿A qué le llaman una “conducta correcta”? preguntó una joven morena.
     A las pautas de conducta que dicta nuestra iglesia y que fueron impuestas por Dios. Y justamente para guiar a nuestros semejantes en estas pautas de conducta es para lo que nos preparamos los sacerdotes.
     ¿Entonces en la tierra todos viven bajo estas pautas de conducta?
     No, esto depende de a qué… me temo que tampoco existe la palabra Religión. Depende a qué religión pertenezcan.
     ¿Qué es religión y cuántas hay en la tierra?
     Una religión es una institución dedicada a difundir la verdad divina y las normas de conducta que deben seguirse.
     Pero, según le entendí –dijo Cedar ustedes creen que Dios les dictó esa verdad y esas normas. ¿Cómo es, entonces, que cada grupo o religión tiene normas y verdades diferentes?
     Porque cada religión tiene creencias diferentes.
     Padre Francisco –intervino otro joven–, usted habla mucho de creencias. ¿Debo entender que en realidad no lo saben? ¿No saben si Dios dictó esas normas? ¿No saben si existe esa vida eterna? ¿No saben si existe esa verdad divina? ¿No lo saben a ciencia cierta y solamente lo creen, además de que cada grupo cree cosas distintas? ¿Así es?
     Bueno, tenemos bases sólidas para sostener esas creencias.
     ¿Como cuáles?
     Está La Biblia, por ejemplo.
     La Biblia. ¿Qué es eso?
     Es un libro que, creemos, es de inspiración divina y que narra la historia de los primeros habitantes de la Tierra  desde la creación del universo. Ustedes, me imagino,  deben tener algo semejante –dijo el padre Francisco.
     Un libro como ese que usted dice no. No lo tenemos. Pero hay una antigua leyenda universal que habla de la creación de Anadrio. ¿Le gustaría escucharla? –preguntó Cedar.
     Me encantaría.
     Cuenta esta leyenda que, en el principio, Dios creó a Anadrio y le puso una estrella muy grande para que lo iluminara, así como agua, plantas y animales y, antes de dar por terminada su creación, Dios creó al hombre y lo creó hombre y mujer; al hombre le puso por nombre Adán y a ella la llamo Eva. Y los colocó en un paraíso de delicias y les dijo que podían mandar sobre todos los animales y comer de todo lo que había en el paraíso. Pero en el centro del paraíso plantó dos árboles: el árbol de la vida, y el otro, el árbol del bien y del mal.
     El padre Francisco estaba asombrado mientras escuchaba este relato, sin embargo, no hizo ningún comentario.
     Y Dios advirtió al hombre y a la mujer que el fruto de este árbol, el árbol del bien y del mal, les estaba prohibido comerlo. Si decidían ignorar esta advertencia morirían irremisiblemente. Y cuenta la leyenda que una serpiente trató de convencer a Eva para que comiera de aquel árbol prohibido. Cuando la serpiente casi convencía a Eva llegó Adán y, tomando a la serpiente por la cabeza, la lanzó lejos y le dijo a Eva: No es bueno desobedecer a Dios; además el fruto de este árbol ni siquiera se ve apetecible, en cambio, el fruto del árbol de la vida no se nos ha prohibido y es el más hermoso y jugoso del paraíso. Cuando Adán concluyó sus palabras tomó el fruto del árbol de la vida y lo comió e invitó a Eva para que también ella lo comiera. En cuanto comieron de aquel fruto se miraron y descubrieron que estaban desnudos y, por primera vez, sus cuerpos les parecieron hermosos y deseables. Entonces tuvieron relaciones sexuales y conocieron el placer que en ello había. Y aquella tarde cuando Dios llegó al paraíso llamó a Adán y en cuanto lo vio supo que había comido el fruto del árbol de la vida y le dijo: veo con placer que has comido el fruto del árbol de la vida. Y dijo Adán a Dios: así es, Señor. Pero, ¿cómo lo has notado? Y Dios le contestó: Porque veo en tu mirada el brillo que indica que has aprendido a disfrutar de la vida. A partir de aquel día el hombre y la mujer aprendieron que todas sus actividades podían proporcionarles placer, lo mismo si se trataba de bañarse en el río, que de probar los frutos del paraíso. Y fue así también que descubrieron, cuando un conejo quedó atrapado en un árbol que ardía incendiado por un rayo, el placer de cocinar la carne de los animales;  y el placer  de la sazón cuando un trozo de carne que comían, junto al mar, se les mojó por casualidad salando su carne. Así que un día dijo  Adán a Eva: el comer el fruto del árbol de la vida ha sido bueno para nosotros. Quizás el comer el fruto del árbol prohibido nos haga la vida miserable así que, para evitarnos la tentación, te propongo que arranquemos este árbol y lo echemos al fuego. Y así lo hicieron. Desde entonces el árbol del bien y del mal no existió más en el planeta Anadrio. ¿Qué le parece la leyenda, Padre Francisco? –preguntó Cedar.
     –Asombrosa. Y lo digo porque es casi idéntica a la que se narra en el libro del Génesis de nuestra Biblia. Incluso los nombres de nuestros primeros padres son los mismos: Adán y Eva. Lo que varía es el resultado: en nuestra Biblia el fruto que comen es el del árbol prohibido por lo que son expulsados del paraíso.
     Cómo lo siento por ustedes, Padre Francisco dijo un joven rubio porque según entiendo, Anadrio es el paraíso y la Tierra es el lugar a donde fueron expulsados todos los que comieron del árbol equivocado.
-Bueno, Padre Francisco –dijo Cedar–, olvidemos esto y espero que disfrute con nosotros el placer de nuestra comida.
     El cerebro del padre Francisco ardía tratando de asimilar lo que acababa de oír. Difícilmente disfrutaría de la comida. Acababa de comprender que la interpretación que la Iglesia daba a la metáfora bíblica estaba equivocada. Dios no hablaba de frutos ni de árboles; lo que se le había prohibido al hombre era crear ciencia del bien y del mal pues, al crearla ya no les sería posible disfrutar de la vida.

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